Padura escarba y rescata «el alma de las cosas»
Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli
Martes, 12 de Diciembre de 2017

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Si alguien sabe cómo desnudar la realidad, radiografiarla y volcarla en letras es justamente, para suerte nuestra, este hombre complementado —no dividido— entre la literatura y el periodismo. Un intelectual que mira con ojos de ciudadano “la vida desde la esquina”, su esquina, y le saca poesía (quizás sin proponérselo) a lo cotidiano.

Por ello, cuando el último jueves habanero se presentara el tercer libro de una colección que desata el periodismo de Leonardo Padura, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz (CCDML), el espacio se hizo exiguo para el público, pero para el público se hizo harto suficiente la presencia del autor. El mismo que confesara su expectativa de escritor, depositada en la capacidad/anhelo de que quienes se aventurasen en sus páginas —estas páginas— pudieran encontrar “no respuestas, sino preguntas que hacerse respecto a la realidad cubana, a ellos mismos y al alma de muchas cosas”.

Y así se llama esta nueva propuesta editorial: El alma de las cosas, un título que conecta con aquella esencia incomprendida en la Madame Bovary de Flaubert, con la que este respondiera que el único esfuerzo de la novela era “llegar al alma de las cosas”.

Eso es lo que hace Padura con este ejemplar que completa la trilogía de libros periodísticos, precedido por Entre dos siglos (2006) y La memoria y el olvido (2011). Al decir de Ciro Bianchi, quien tuviera la responsabilidad/privilegio de hacer la presentación, se trata de una obra que viene a totalizar, junto a sus dos predecesoras —y gracias a la agencia Inter Press Service (IPS)—, alrededor de 900 páginas que reafirman al autor como “uno de los más prestigiosos y agudos periodistas cubanos de las últimas décadas”. 

Al desandar los temas que escarba en este título el Premio Nacional de Literatura 2012, se descorchan muchos de los principales titulares de prensa en estos años (las relaciones Cuba-USA y sus prolongaciones, el vaticinio de lo que haría Trump si llegara a la Casa Blanca —lo mismo que hace hoy el magnate devenido presidente—…) y, sobre todo, la cotidianidad en su dilema existencialista de lo que es o lo que debería ser,  las preocupaciones del Yo-individuo y del Yo-sociedad. Una realidad puesta a debate, un debate que busca cambiar —para bien— la realidad. Después de todo, enfatiza el Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Autónoma de México, si algo se ha convertido en oxígeno para él es el intento permanente de ser “lo más sincero posible con esa realidad, decir lo que pienso en cada caso”.

Y se agradece especialmente releer entre líneas la Cuba del día a día, la del cubano de a pie, y poder encontrar como lector las preguntas que invita a hacernos Padura.

También caben en sus páginas los cubanos que andan por el mundo. Caben, además, otras gentes y otros países, porque El alma de las cosas, que en plata cubana es un tanto el alma de Padura y un tanto el alma de la mayoría de nosotros, tiene muchas “esquinas” y observadores universales, tiene preguntas que cabe hacerse en cualquier geografía del planeta. Y caben hasta un Chevy y el Wi-Fi.

“Siendo el narrador exitoso y reconocido que es, el periodismo sigue siendo, sin embargo, otro batiente de su ser; un oficio, dice, que ama, necesita y respeta y que no abandona porque le permite atrapar en el fluir de una vida que pasa, el latir de la vida que queda, a fin de darle su lugar en la memoria del país”, comentó Bianchi, quien repasó también el quehacer periodístico de Padura desde su primera vez en El Caimán Barbudo hasta la otra fase creativa que empezara con su despedida de los medios cubanos.

Juventud Rebelde ha constituido su gran escuela de periodismo, asegura Padura, y ha sido precisamente allí —apunta Ciro—donde el autor de El viaje más largo (1994) inició y se atrevió a “escudriñarle las esquinas a la historia, a meterse en sus rincones empolvados y a bucear en trayectorias de personajes perdidos”. Y dijo que, aunque el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 dejó atrás las redacciones, jamás dejó de hacer periodismo: probablemente “durante los 22 años transcurridos desde su salida de La Gaceta, ha hecho más periodismo que nunca”.

La propia agencia que coedita este libro, IPS, tiene el testimonio estampado del calibre de este habanero que confesó en público haber cambiado de equipo en el baseball —“me pasé a Matanzas”, acuñó más específico—. Y como ese medio de comunicación, también le agradecen los lectores ganados Folha de São Paulo, El País, El Mundo, entre otros.

No se requieren, de tal suerte, tantas alusiones para entender por qué Ciro Bianchi suscribe que Leonardo Padura resulta “el escritor más reconocido, publicitado, distinguido y leído de Cuba”.

El ejemplar que ahora llega a los lectores cubanos bajo el sello Acuario, del Centro Félix Varela, cuenta con la colaboración —igualmente— de la Fundación Sueca para los Derechos Humanos. Lucía López Coll tuvo el buen tino y crédito de la selección de estos artículos, los cuales abarcan las miradas más contundentes del periodista, desde el 2011 hasta el presente año.

En el prólogo de Arturo Arango puede leerse: “la voz que escuchamos (…) es, ante todo, necesaria”.

Cuando nos metemos, en serio, en el mundo que el autor interpreta y desde el prisma que él nos propone, terminamos ayudándolo a televisar una de las mejores ediciones de cualquier noticiario pensado para hacer reflexionar, o —cuando mínimo— acabamos comprendiendo, sin pantalla mediante, buena parte de los que nos ha sucedido o de lo que hemos vivido estos años. Pues lo que aquí se lee, se sublima, es la apología de un ejercicio auténtico de ese “periodismo que el mundo de hoy necesita”.

Arango asimismo advierte, dice, “un cambio radical en el tono, en la mirada que acusaban aquellos reportajes de los 80 y estos que se reúnen en El alma…”, como en los compilados en los otros dos volúmenes que completan la colección del periodismo de Leonardo Padura.

Para Arturo, el paso más notorio entre aquel tono y este, se divisa en que la perspectiva no es ya la del “novelista en ciernes” de entonces que recreaba  “mundos cercanos a la ficción”, sino el acento de un “ciudadano que trata de comprender el país y el planeta en que habita, y hace uso de su deber cívico para llamar la atención sobre los sinsentidos o los horrores en que todos estamos inmersos”. El que habla a través de estas líneas, insiste, es un Padura “que ha perdido paciencia y ganado angustias”, y lo hace sin que intimide, en lo más minúsculo, el riesgo de atreverse a interpretar lo inmediato, a intuir lo por venir, lo que toca a los de Cuba y más allá de las aguas que la bojean. Porque, en definitiva, “el ciudadano Leonardo Padura es un habitante a la vez de Mantilla y de la Tierra”.

Ese es el mismo hombre que, para el escritor Víctor Fowler —director del CCDML que acogió esta presentación— constituye hoy “uno de los intelectuales más importantes del país”, y sus publicaciones encarnan “ejemplos de periodismo vivo”. El mismo hombre que nos presentó a Mario Conde, ese otro que no supo quedarse quieto en un libro porque conectaba demasiado y saltó de las letras a la gran pantalla. Quizás por eso, y por tanto más, al Padura de Regreso a Ítaca (en coautoría con Laurent Cantet, 2016) que nos mostró El hombre que amaba los perros (2009) y encima nos contó La novela de mi vida (2002), Fowler le pidió —ahora como lector— que “no disminuya ni la profundidad ni el filo de la provocación”.

Y al final de este recreo absorto de reflexión que pone El alma… al desnudo, es difícil que alguien no llegue a la página 339 sin el puñado de preguntas que Padura nos invita a formular. Porque si algo hurga son tantas cosas y, si algo rescata, es el alma (no siempre visible) de todas ellas.

Publicado en Cubaliteraria

http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=20897&idseccion=30

 

 

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