Armando Hart: el trazo, el viaje y una rosa blanca
Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli
Martes, 12 de Diciembre de 2017

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Hart, desde hace dos días, no está. Se ha ido, se dijo en una nota de televisión en el noticiario estelar. Se ha ido allí, adonde van los hombres que dejan de ser comunes para volverse eternos.

Una dirección muy familiar  –Calzada y 4– en el Vedado habanero fue el techo para un adiós de pueblo, para un "hasta siempre" al intelectual, al luchador, al compañero. El mismo sitio que tantas horas (cada día y por tantos años) le sirviera de testigo al insomnio de crear, de querer hacer: el Centro de Estudios Martianos.

Se fue cuando Cuba estaba toda de sufragio, tal vez porque quiso escabullirse al infinito por un atajo más sereno, más íntimo y discreto.

A él, a su vida y su desvelo, estuvo dedicado el último capítulo de la Feria Internacional del Libro y, al saberlo, acentuó: “no soy escritor, soy acaso un hablador, que ha hablado mucho y desearía seguir hablando mucho, aunque, desde luego, también escribo, y siempre que escribo, lo que tengo presente son las realidades políticas que debo enfrentar. Nunca me ha movido un afán especulativo, sino conocer y abordar situaciones concretas, y sigo trabajando, porque yo no me voy a cansar”. Y así lo hizo.

Repasar sus 87 años es abrir un libro de historias muy conectadas a la nuestra, a tiempos y generaciones que incluso se han vuelto abuelos. Es caminar por Cuba hecha calle y atravesarle los semáforos verdes que él ayudó a prender en nombre del conocimiento.

Desde este 26 de noviembre se extrañará verlo.

Tantas distinciones, títulos y premios no caben en pocas cuartillas, pero basta la fuerza de lo que hizo, la del ejemplo. Basta leer, a la distancia de un trayecto, lo que ha sido su vida al servicio de una causa y de un pueblo.

Y salta todo el tiempo a la proa de dos ministerios (de Educación y de Cultura), la campaña que le quitó campo a la ignorancia y alfabetizó el silencio.

Salta, también, la honda impronta martiana que surcó su pensamiento. Porque predicó a un Martí vivo, antes y después de ser fidelista confeso. Quizás porque, como suscribieran sus palabras al saberse homenajeado con la edición 26 de la Feria, “ser martiano y fidelista ha sido, para mí, el único modo de ser feliz”.

Y entonces subyace la nefasta coincidencia de que partiera al mismo viaje de Fidel, un año y un día después de la expedición al infinito que hiciera el primero.

Una rosa blanca no puede faltarle –en el "hasta siempre" que precede al viaje– al Hart amigo y al cubano sincero.

Lo cierto es que se extrañarán su presencia y la "fe de sus trazos en la memoria". Lo incierto es que él, aunque lo digan, haya muerto.

Publicado en Cubaliteraria

http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=20899&idseccion=30

 

 

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